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Cada noche a la puesta de sol, miles de personas en nuestras ciudades buscan un lugar cobijado para pasar la noche. Puede ser una vieja casa abandonada; una obra paralizada; un garaje; el porche resguardado de algún comercio; el último rellano de un patio abierto. O el cuarto de luces; o el de aguas; o el cajero de un banco; o la puerta de una iglesia; o la parte inferior de un puente. O una estación de ferrocarriles; o de autobuses; o un andamio; o el alero sobresaliente de algún patio; o la caja de un camión; o un coche o una furgoneta abandonados o abiertos (muchos dueños de coches comparten así sus vehículos con amigos o conocidos venidos a menos, y a veces con personas que ni conocen). Puede ser una parada de autobús o un vagón de tren; o una de esas construcciones de madera para que jueguen los niños en los parques. Puede ser sobre las rejillas de aireación de nuestros edificios públicos, o del metro; o entre los tubos de aire acondicionado de los hospitales; o en los porches de las facultades. En los jardines de las universidades; entre las columnas de los porches de los museos, de los ayuntamientos, de los palacios nobles transformados en sedes del gobierno, de las delegaciones del gobierno, de los gobiernos locales. Puede ser en las rotondas de redistribución del tráfico; en gasolineras cerradas; en las esculturas modernas que adornan nestras ciudades; en las almenas y torres de las murallas de las ciudades antiguas; en los acueductos; en las plazuelas cerradas de los cascos antiguos; en los patios de las viejas casa nobles. En el interior de acequias de riego que ya no se usan; o en túneles de desagüe secos; o entre las raíces de los grandes magnolias ornamentales de nuestros jardines. Los más jóvenes, inteligentes y ágiles; los que pueden trepar, saltar, colarse; los que pueden andar una o dos horas todos los días para alejarse de la ciudad tienen más suerte que los otros, más oportunidades. Encontrarán quizá un lugar para dormir más cómodo, más tranquilo, donde sin sobresaltos podrán pasar la noche. Otros, los más viejos, debilitados por la enfermedad, o por los años de vida en la calle, dormirán menos protegidos, sujetos a ser interrumpidos en su sueño una o más veces por la noche. Pasarán más frío. Recuperarán menos. Enfermarán un poco más.
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